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Biciclown: Búscale una explicación, yo no la necesito

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Experiencias

No hay día en Nueva Zelanda que no reciba alguna invitación. Especialmente los sábados, cuando frecuento los mercados locales. Los agricultores y ganaderos de la zona se acercan con sus productos (de primerísima calidad) para ofrecerlos a los clientes. Desde quesos, salamis, pan, chocolates, verduras y hasta documentales. Eso es lo que yo vendo. Pero también mi historia. Acercándome a la gente con respeto les ofrezco mi historia. Algunos no tienen demasiado interés y ni siquiera tuercen la cabeza para declinar mi invitación a pararse. Pero otros como Max vienen directos hasta mi pequeño puesto. Max quiere practicar su oxidado español (suponiendo que alguna vez estuviera limpio del fuerte acento neozelandes). No tarda mucho en comprarme un dvd y en invitarme a su casa. Antes se distancia unos metros para, disimuladamente, consultarlo con su esposa.

Esa noche dormiré en su casa tras haber pasado la tarde en el bosque disfrutando con sus amigos una típica barbacoa neozelandesa. Con cordero del que abunda en estas tierras. Hay más cabezas de cordero por habitantes. La mayoría de ellos (de los neozelandeses) viven en la isla del norte, en Auckland. En esta isla, especialmente en la parte norte, es donde habitan la mayoría de los maoríes.

Max y Catherine me dejan ir con la promesa de que volveré. En esta isla el avance se hace más lento por las invitaciones que por las cuestas. Es increíble la sociabilidad de los habitantes. No se cómo decirlo en español. En inglés se dice que son easy going. Te invitan a su casa sin mayor dramatismo ni ceremonias. Te sientan en la mesa y, antes de preguntarte, ya tienes una botella de cerveza en la mano. Al día siguiente vuelves a la ruta y dejas un par de personas agitando los brazos en la puerta de su casa. No hay sido más que unas horas, apenas medio día, pero los lazos que se han tejido entre cordero, cerveza, kiwis y risas parecen duraderos.

Y también está la fortuna. Claro que uno le llama fortuna a lo que otro le llamaría mala suerte. Algunos le darían una explicación religiosa (Dios te protege) otros simplemente lo toman como viene. Dejaba el pueblecito en el que me detuve a descansar cuando comprobé que Karma tenía un radio roto. Paciencia y a barajar amigo Sancho, que diría Don Quijote. En veinte minutos estaba reparado pero el hombre del taller que me prestó su compresor para hinchar la rueda me comentó que ayer escuchó en la radio local la entrevista a un ciclista de unos 71 años que andaba dando la vuelta al mundo..., mi amigo Hutch. Unos minutos más tarde estaba entrando en la casa donde Hutch había parado. Y unas horas más tarde estaba recorriendo en kayak un hermoso río con la hija de la dueña: Nadia. Y poco después estaba siendo entrevistado en la radio. Es asi de fácil. Un radio roto te lleva hasta la casa de una gran familia. Ahora a cenar y mañana más amigos esperando a la vuelta de la esquina. Jorge, el argentino que me seguía en internet y que vive ahora en Ruakaka, será la próxima víctima del biciclown.

Paz y Bien, desde la isla del norte.
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