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Biciclown: Desde la Isla del Sur (Glaziar Franz Josep)

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Experiencias

Una mujer encerrada en un cuerpo de modelo esperaba al Portu en el aeropuerto de Auckland. Sostenía un cartel con el nombre de mi amigo. Pretendía gastarle una broma. La mujer le daría una carta en la que le explicaba que yo no podía ir al aeropuerto a recogerle y que en mi lugar, había contratado el servicio de una agencia de modelos que empleaba, para tales menesteres, modelos sordomudas. Al lado de mi amiga, la modelo, estaban los enviados de los hoteles sosteniendo los carteles de sus huéspedes y alucinando con lo duro que se estaba poniendo el negocio de recogida de pasajeros en los aeropuertos.

La lluvia no ayudó durante los primeros días en Auckland y salimos hacia la península de Coromandel en barco. Rodando en bici las primeras etapas por un paisaje de pinos y ayudados con sopas de ostras y tragos de vino llegamos juntos hasta un momento cumbre de mi vuelta al mundo. Los 100000 kms. Y no podía estar mejor acompañado para tal evento que por mi amigo el Portu. Mali, Namibia, Etiopía, Jordania, Nepal, Laos y China han sido los países en los que me ha rendido visita. Y ahora, en Nueva Zelanda, pedalea junto a mi el día exacto en que mi cuentakilómetros se queda sin dígitos. Lo celebramos con un vídeo que a buen seguro te hará reír. Nosotros lo pasamos en grande grabándolo, ante la atónita mirada de los que por allí pasaban.

Con mucha más lluvia llegamos a Rotorua. Como afirma el dicho, si no puedes con tu enemigo únete a él. Así que nos fuimos al río. A descender en rafting una cascada de 7 metros de caída. El Portu pasó más tiempo debajo del agua que encima de la lancha y aún cinco días después yo aún tengo agua en los oídos. Tras un par de traslados en coche y saltando a la isla del sur en un ferry, llegamos a Picton. Un poco más de coche para evitar el horrible mal tiempo y nos colocamos en la costa oeste de la isla del sur. A los pies de uno de los glaciares más cercanos al mar en el mundo, el de Franz Josep. Mañana lo caminaremos y a la tarde nos acercaremos hasta el otro glaciar, el Fox. Cuando las nubes se despistan el sol deja ver en tres dimensiones un paisaje espectacular. Montes nevados, cascadas que parecen ríos sin gravedad, leones marinos y ciervos, y un aire limpio. Todo al alcance de la vista. La infinidad de autocaravanas de alquiler ponen la nota de turismo al paisaje aunque su velocidad les aleja, contradictoriamente, de lo que han venido a ver. El ser humano puede viajar muy rápido. Y eso puede ser una ventaja. Pero abusar de esa, inicial, ventaja puede convertirse fácilmente en un inconveniente. Se puede ir a 120km/h en coche. Pero no es bueno. Y sin embargo se hace. La gente aún piensa que la bici es un instrumento para hacer deporte los domingos o para bajar una montaña a toda velocidad. Se olvidan que la bici es el medio de trasporte que mejor se adapta a la naturaleza del ser humano. La bici tiene proporciones humanas. Se viaja a una velocidad razonable. A esa velocidad en la que cuerpo y espíritu llegan al mismo tiempo al destino. Te permite trasportar hasta una tienda de campaña, hasta una cocina, incluso alimentos para varios días, y ropas, y libros y (en mi caso) hasta ropas de payaso. Te permite recorrer en un solo día 100 kilómetros sin gastar un penique en combustible y, además de eso, te mantiene en forma ahorrándote la cuota del gimnasio. La bici solo exige una cosa: tiempo y determinación. Pero la gente no tiene tiempo. Hoy mismo conocí una mujer que dice que su trabajo no le gusta. Está de vacaciones pero se levantará las siete de la mañana para atender por teléfono a un cliente. Dice que trabaja duro para jubilarse pronto. La zanahoria del burro. La noria seguirá girando sin ella pero no puede dejarlo. Se sorprende de que yo no eche de menos tener un lugar al que llamar hogar. Le digo que mi hogar es mi bici pero le cuesta creerme. Tal vez porque para ella eso es imposible. "Muy duro", dice ella. Pero "muy duro" es para mí vivir en el futuro. Pensar que con el intenso trabajo de hoy compraré la felicidad de mañana.

Van pasando los años. Siete llevo ya desplazándome por el mundo en bicicleta sin regresar a mi país de origen. Y no hay día, no hay día, en el que en algún momento no piense lo afortunado que soy. Y no por estar en Nueva Zelanda o en Japón o en cualquier país al que nunca siquiera soñé con llegar, sino afortunado por haberme despertado un día y haber decidido que el presente es lo único que importa. Con los riesgos que conlleva ese tipo de elección, pero con la certidumbre que cada minuto vivido haciendo realidad mi sueño es un minuto ganado a la muerte. No, no hablo de la muerte física. Hablo de la muerte del espíritu. La de los que viven pensando que mañana se cobrarán con creces todo el sufrimiento de hoy. Eso es una apuesta que tiene un premio que no se puede cobrar. Cuando te lo entregan, si es que estás ahí para cobrarlo, tu cuerpo ya no puede saltar de un avión, bajar un río en lancha neumática o subir la morrena de un glaciar.

Siempre que alguien me pregunta cómo vivo en estos siete años en ruta, si paro para trabajar...; sonrío. Escribir cuatro libros, hacer documentales, buscar donde actuar, tramitar visados, darle mimos a mi bici..., no parece un trabajo pues no tengo contrato, ni salario, ni vacaciones pagadas. La división entre trabajo y vacaciones se ha hecho sinónimo de sufrimiento y placer, respectivamente. Y si la mayor parte de nuestra vida estamos trabajando la pasamos, según ese binomio, sufriendo. Como digo en el dvd "La Sonrisa del Nómada": el sufrimiento es parte de la vida. Pero si los placeres se limitan a un mes al año la felicidad es excepcional en nuestras vidas. Hay que restablecer el equilibrio. Y hacerlo no es asunto que haya que posponer para la jubilación.

Desde la isla del sur, Paz y Bien, el biciclown.
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