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Biciclown: devolviendo el puntito rojo a la bandera de Japón

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Experiencias

La lluvia descargó con fuerza sobre mi bicicleta la última hora de pedaleo. Fue la tarde que llegué al gimnasio donde ofrecería mi primer espectáculo en Japón. Tendría lugar al día siguiente, al anochecer, para aguardar el regreso de los trabajadores a lo que desde el once de marzo constituye su hogar. No todos los afectados por el tsunami que viven en ese gimnasio tienen trabajo puesto que el mar se tragó no solo sus casas sino también sus negocios. Sus pertenencias caben en cuatro cajas de cartón. Familias enteras viven en el suelo del gimnasio desde hace meses sin más privacidad que las que le confiere el edredón. Los niños corretean por lo que para ellos es un enorme salón aunque no olvidan lo que ha ocurrido. Una niñita de apenas cuatro años, mientras dibujaba unas flores, le comentaba a un voluntario:

"Mi abuela murió en el tsunami", y siguió coloreando a las flores.

La madre de la pequeña le comentó a Yoji, el voluntario que organizó este espectáculo, que estaba muy contenta porque había visto reírse a la pequeña con el payaso. Hacen falta muchas risas para secar las lágrimas que el tsunami sembró en la costa de Japón. Trato de organizar más pero no es nada fácil. Mucho más difícil de lo que pueda pareceros.

Durante todo el día del espectáculo lo pasé preparando la actuación, junto con voluntarios, en el centro de refugiados. Ellos me ayudarían para conseguir un mejor espectáculo. Uno tocaría el clarinete, otro el tambor japonés, otra pondría la música, otro anunciaría al clown, otra persona tomaría fotos y Yoji disfrutaría. Le gustan los clowns y no quería tener ningún cometido durante el show. Quería reírse. Él ya había hecho todo el trabajo. Aquí está su blog.

Yoji viajaba en bici por la India cuando se enteró de la noticia del tsunami. Su tía murió y su tío sigue desaparecido. Decidió interrumpir su viaje, que le había llevado hasta Tibet mucho antes, lugar donde nos encontramos por primera vez. En Tibet Yoji me prometió ayuda para organizar uno de mis espectáculos en su país. Pero ninguno de los dos imaginábamos que las circunstancias en las que se desarrollaría serían las de la catástrofe natural más grande de la historia de Japón. Cuando me encontré con Yoji, a las afueras del centro en el que tendría lugar el show, nuestro abrazo detuvo la lluvia.

De los voluntarios que nos ayudaron destaco a Mame e Inori, dos artistas de la música. Para ellos practicar solamente un día para integrarse en el espectáculo no era un problema. La música fluyó tan natural con mis movimientos que la gente pensaba que todo el grupo viajábamos en bici por el mundo.

Esa noche me quedé en el centro de refugiados. El público del espectáculo dormía junto a mi. Algunos que había sido objeto de las inocentes bromas del payaso parecían disfrutar de un buen sueño. Por la mañana, al despertarme, todos seguían soñando bajo las mantas que alguien les había regalado. Todo lo que tienen proviene de donaciones. Cada vez que me cruzaba con ellos por el gimnasio me sonreían. Se lo habían pasado tan bien como yo.

Horas antes de haber llegado al espectáculo recorrí la parte de la costa que el mar se tragó el once de marzo. No quedaba nada en pie. Había barcos tierra adentro y coches en lagunas. Todo estaba del revés. Para hacer el espectáculo tuve que borrar de mi cabeza esas imágenes, pero al irme del lugar donde actué volvieron a mi mente. Al despedirme de los refugiados me sentí mal. Con mi bici yo podía moverme libremente a otro lugar, a otro país. Aunque no tenía más que una tienda, un hornillo..., tenía mucho más que ellos. Tenía libertad para ir donde quisiera. Ellos tendrían que pasar otra noche, y otra noche, y otra, en ese gimnasio. Compartiendo suelo, baños y cocina con sus vecinos. La privacidad es algo muy importante en Japón. Y estas personas la han perdido de la noche a la mañana. No se cómo se las arreglarán las parejas jóvenes que viven en el gimnasio para mostrarse afecto por las noches. Levantarse por la mañana y ser observado por cien personas, antes de poder ir al baño a peinarse o lavarse la cara, no debe ser agradable. Entre colchón y colchón, es decir, entre familia y familia hay menos distancia que entre tu habitación y la de al lado. Sus muros son inexistentes pero lo suficientemente sólidos para no dejar pasar la dignidad y lo suficientemente altos para que la esperanza no se haya esfumado del gimnasio. Tienen esperanza de poder tener un día un nuevo hogar para reconstruir sus vidas partiendo de cero porque el tsunami también se tragó sus fotos y recuerdos. Han vuelto a nacer pero algunos con 79 años.

Tras el espectáculo mi trabajo estaba hecho pero decidí quedarme unos días más en el centro de voluntarios para ayudar en la limpieza de la costa. Por un día entero acompañé a más de 30 voluntarios a limpiar una calle de un pueblecito. Sólo una calle de 400 metros nos llevó todo el día. Enterrado en el lodo había zapatos, muñecas, flautas, tazas rotas en mil pedazos, libros, fotos, trofeos e ilusión. Todo lo fuimos acumulando en grandes montañas menos la ilusión. La ilusión la lanzamos al aire y dejamos que el viento la llevara a las gentes que lo han perdido todo el día que la naturaleza decidió poner a prueba la dureza del pueblo japonés. No era necesario ese envite. El pueblo japonés es duro y saldrá de esta con la ayuda de muchos voluntarios como Yoji o como Maki: una japonesa que a pesar de vivir más de 13 años en Inglaterra decidió empaquetar todas sus pertenencias y regresar a su país con una sola idea: devolver a la bandera japonesa el puntito rojo de alegría que el tsunami se tragó.

En este video podéis ver cómo fueron mis días en el centro de voluntarios, trabajando con ellos, y actuando. Ver vídeo.
http://www.youtube.com/watch?v=huW_IgFP8W4

Paz y Bien, el biciclown.

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