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Biciclown: Gerry no le llames Clown

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Experiencias

Con puntualidad británica comenzó la presentación de mi proyecto en una concurrida sala del politécnico de Christchurch, la ciudad que hace casi un año, sufrió un gran terremoto que acabó con la vida de casi 200 personas y dejó sin casa a miles. Saludar a la audiencia y sentir el suelo moverse fue todo uno. Me agarré al pequeño estrado pero miré a los asistentes buscando la salvación. La sala comenzó a reírse. Tal vez como reacción humana y natural al miedo o mas posiblemente al ver mi cara de pánico.
 
Desde que ocurrió el gran terremoto que transformó la vida de la, hasta entonces, apacible, hermosa y ajardinada ciudad de la isla del sur de Nueva Zelanda, más de 10.000 pequeños terremotos se han dejado sentir. Sus habitantes parecen acostumbrados. Al menos los que yo he ido conociendo estos días. Otros muchos se han ido. El centro histórico de la ciudad ha desaparecido. No puedo dejar de comparar lo que veo con lo que vivi en Japón durante el tsunami. El dolor por las enormes pérdidas humanas y la capacidad del pueblo japonés para soportar el dolor, con pinceladas de estoicismo, contrastan con la notable insatisfacción de los habitantes de Christchurch al ver como, tras casi un año desde el terremoto, la ciudad aún sigue vestida de escombros. Hasta el punto de que el Ministro Gerry acusa del retraso al alcalde de Christchurch Parker calificándole de payaso. Bastante injusto pues nunca se ha visto que los payasos se insulten entre sí llamándose políticos.

En el mismo diario, The Press, de nuevo aparece la palabra Clown. Es para referirse al español que recorre el mundo en bici y ofrece sonrisas para aliviar penas. El periodista elevó a 5 el número de malarias que padecí en África y también me elevó a la condición de notario. En realidad yo solo trabajé para un notario, no como notario. En fin, lo cierto es que tras aparecer en la prensa, ser entrevistado en la Radio pública de este país y en alguna otra radio de menor alcance, no he conseguido contactos para hacer el espectáculo a favor de las personas que han sufrido el terremoto de Christchurch, como era mi intención. Algunos habitantes me escribían tras saber de mi para pedirme que actuara en el cumpleaños de su hija y otros para que fuera a entretener a sus alumnos en la escuela. Lamentablemente (y aunque no es fácil de hacer comprender a la gente) preservo mi clown para situaciones en que las personas están sufriendo. Situaciones de desamparo, de dolor humano, de injusticia social, de violencia, de hambre..., de necesidad de amor. No digo yo que haya o deje de haber de esto en Christchurch o en Nueva Zelanda. Pero los intentos de buscar a sus protagonistas y regalarles una sonrisa son baldíos. Como he dicho muchas veces, para hacer felices a los demás primero hay que ser feliz uno mismo. Yo lo soy, aunque la falta de respuesta de algunas instituciones públicas o privadas, pueda minarme a veces la moral.

Por eso no quiero insistir demasiado en este tema y voy a hablar de cosas más positivas. Como de la gente, adorable, que me ha ayudado estos días en Christchurch. Cecile y Dave son los chicos que me alojan en su casa. Representan para mí la típica pareja kiwi. Ella francesa pero enamorada de este país, y él kiwi que ha viajado por el mundo (así se conocieron) y que no duda en salir de trabajar y meterse en el coche casi una hora para jugar un partido de rugby en la otra punta de la ciudad. Me uno a él y me animo a practicar un deporte que me acompañó muchos años de mi vida. Así lo recoge hoy la web de la federación asturiana de rugby.

Otro tipo excepcional que he conocido es Nigel. Un hombre con aire de artista que organizó en un pispas mi presentación en la sala del politécnico que tembló con un pequeño terremoto de escala 4. En la sala había muchos miembros de couchsurfing, la web que utilizo a veces para resolver los problemas de alojamiento y que me ha permitido conocer gente maravillosa. La gente no sólo se interesó por comprar el dvd de la sonrisa del nómada sino que hasta una mujer me trajo un tarro de rica miel.

Así que con los dedos un poco pegajosooooooos escribo la crónica de esta semana antes de partir hacia el paso de Lewis que me llevará de nuevo a la costa oeste de la isla sur de Nueva Zelanda. De ahí enfilaré hacia el parque nacional de Abel Tasman y, con suerte, volveré a cruzarme con Pablo García: el argentino que lleva 10 años por el mundo en bici. Mi encuentro con él en Mongolia cierra las páginas de mi último libro Donde termina el asfalto que a juzgar por las críticas recibidas hasta ahora, está cumpliendo con creces las expectativas creadas.

Y apenas unos minutos antes de irme a dormir la cama se mueve de nuevo. Otro pequeño terremoto agita mi corazón y el de los habitantes de Christchurch. Pero en la habitación de al lado Cecile y Dave se ríen.

Desde las antípodas, Paz y Bien, el biciclown.
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