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Biciclown: hay peregrinos y peregrinos. Y Hospitalidad y hospitalidad

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Experiencias

La isla de Shikoku es una especie de Camino de Santiago en Japón. Conviven en el recorrido de los 88 templos shintoistas (más de 1.000 kilómetros) todo tipo de peregrinos. Y sin chirriar. Algo muy habitual en Japón. Desde aquéllos que van en grupo y en rigurosa fila de a uno, hasta los que lo hacen en coche o en bicicleta. Eso si, casi todo el mundo porta el uniforme oficial. Una camisa y pantalón blanco, un sombrero cónico de paja útil para el verano e inservible en estos días ventosos y fríos, y un palo de bambú. El bambú está muy extendido por todo el Japón, sobre todo el sur, pero los peregrinos no se meten al bosque a buscar un pedazo que les sirva de apoyo. No. Lo compran pulido y barnizado en la tienda por 50 euros. En los templos, muchos de los cuales cobran entrada, hay todo tipo de productos para saciar el hambre y la sed de los peregrinos. La religión no es ni mucho menos ajena a las leyes del mercado.

Los que recorremos la isla en bici y con poco dinero no somos autorizados a dormir en los templos. Pero si en algunos de los hoteles que abundan alrededor. Los templos son limpios, pequeños en la mayoría de los casos, y situados en algún promontorio que te hace echar el hígado subiendo aunque no tanto como cuando escuchas que no puedes poner tu tienda al abrigo de las divinidades.

He encontrado un peregrino que ha dado ya tres vueltas a la isla de Shikoku. Lleva más de cuatro años caminando por Japón. Sin otro rumbo que el que marca el sol que más calienta. Su compañía en el barco que parte de Shikoku hacia Kyushu me sirve perfectamente para escuchar su propio testimonio de lo que él entiende por hospitalidad japonesa.

"Son reservados y respetuosos, me dice, y generosos pero distantes"

Más o menos lo que vengo observando desde que entré al país. Esa combinación: generoso y distante es algo así como chocolate con kétchup. Nadie distante va a ser muy generoso contigo, pues para ejercer la generosidad hay que acercase unos metros y, para los japoneses, el último metro es insalvable. Mi amigo el peregrino me lo confirma aunque para él, que conoce otros países, la cosa no está tan mal. Y no lo está.

No falta el día que alguien me de ánimos o que me sonría. En la carretera me adelantan los vehículos sin escucharse un pitido y en las tiendas de 24h nunca me niegan el uso de los baños ni un poco de agua caliente para prepararme un te. Hasta el otro día me dejaron ducharme en una gasolinera. El baño era más limpio que el 95% de los hoteles en los que dormí en China: agua caliente, espejo..., hasta se podía beber el agua de la cisterna.
En este país está prohibido el juego pero no los cyber cafes. Y sin embargo, desde que entré aquí, no he visto aún un cyber café y cada día veo al menos 5 ó 7 lugares para dejarse el dinero en máquinas tragaperras. ¿Cómo puede ser?

Lo del internet imagino es debido a que casi todo el mundo lo lleva en su teléfono y no sería rentable, salvo en Tokyo u Osaka, un cyber café. Pero las redes inalámbricas que encuentro tienen casi todas la claves bloqueada. Así que me las veo mal a diario para ver el correo electrónico.

Y lo del juego porque cuando ganas en las máquinas un premio no es dinero, que está prohibido, sino tabaco, caramelos...; que te canjean por dinero en la tienda de al lado (a veces dentro del propio casino). Hagan sus apuestas.

Los días son muy fríos y con mucho viento que se empeña en llevarme la contraria. Trato de llegar lo antes posible a Fukuoka, en donde una japonesa que ha vivido 10 años en USA y UK me ha invitado a quedarme en casa de sus padres un mes. Algo que aún me cuesta creer. Ella va a empezar dentro de unos meses un tour en bici por Japón, para dar a conocer las diferentes cocinas del país. www.findingsachi.com

Los últimos días los paso entre mi tienda colocada en casas abandonadas o aéras de servicio y entre algunas camas que me brindan los salesianos que hay por la zona. En dos ocasiones dos polacos. El de la Parroquia de María Auxiliadora de Beppu especialmente atento y generoso conmigo. Atento de todo y sobre todo de su compañero polaco de 92 años ya, que llegó al Japón en el 37 (antes de la II Guerra Mundial) y que tardó 25 años en regresar por primera vez a Polonia. Un hombre que lee para desayunar un diario en inglés y otro en japonés. De inicio a fin. Admirable.

Cuando estoy aproximándome a Fukuoka me doy cuenta de que la dirección de la familia es Fukuoka Prefectura, no ciudad. He dado un rodeo de casi 100 kilómetros hasta llegar por fin a su casa. Sachi, la japonesa, me ha vuelto a recordar lo que es la HOSPITALIDAD con letras de oro. Me ha cedido su propio cuarto yéndose a dormir ella con su madre. Algo que me hace recordar con una sonrisa cuando otras personas a lo largo de los casi 8 años que llevo viviendo en la bici me dicen eso de ... te invitaría a casa pero es que no tengo sitio. Lo he dicho y repetido muchas veces: para invitar a alguien a casa hay que tener nada más sitio en un lugar: en el corazón.

Y de corazón quiero agradecer a todos los que os habéis acercado a verkami.com para hacer vuestras adquisiciones de packs y con ello ayudarnos a producir La Sonrisa del Nómada. No ha sido fácil. Seguimos contando con aportaciones en esta propia página. Falta mucho aún para poder cubrir los costes mínimos de producción, pero de ilusión vamos sobrados. La tenemos rebosante.

Desde cerca de Fukuoka, Paz y bien, el biciclown.

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