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Biciclown: la primera vez ocurrió en Niger

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La lluvia no cesó ni un solo minuto en toda la tarde y el viento intentó llevarse la tienda volando. Noe se hubiera encontrado en su salsa ese día en el Parque Nacional Abel Tasman. Pero como dice el refrán, Nunca llovió que no parara, y el día siguiente el sol que aparece en las postales turísticas que hacen que el Abel Tasman tenga 150.000 visitantes por año salió a relucir. Durante tres días he estado caminando por ese hermoso Parque que serpentea por la costa del norte en la isla del Sur de Nueva Zelanda. Los leones marinos tratan de ponerse a salvo cuando los barcos-taxis llevan a turistas a las partes más remotas del parque. El oleaje que levantan también molesta a los kayakistas, como Nuno y Joanna. Conocí a esta pareja de ciclistas portugueses en Westport, un sábado de mercado que fue providencial para mi.

No vendí más que 5 dvds de La Sonrisa del Nómada pero conocí una mujer que me hizo un gran regalo. Algo muy especial que llevaba tiempo buscando y que ella, Kate, interpretó con gran delicadeza. La historia había comenzado en un lugar de África en el año 2.005, en Niger. Una tarde vi a un hombre que hacía pendientes y le pregunté si podía fabricarme uno con el logo del biciclown. El día siguiente lo tenía hecho. Esa es la rapidez africana. Lamentablemente lo perdí en el camino algunos meses más tarde. Kate fabrica colgantes, pulseras y pendientes como una afición. Pero sus diseños son únicos y hermosos.

Kate tenía su puesto al lado de mi bici y como la venta no era tampoco muy buena para ella nos dedicamos a charlar. Se ofreció a hacerme un pendiente con el logo del biciclown. Me lo llevaría personalmente en coche hasta Murchison al día siguiente. Una hora en coche por una carretera llena de curvas. Mientras pedaleaba por esa ruta que se retorcía para no perder la vera del río, pensaba en Kate. En esos momentos estaría en casa contándole a su novio que iba a hacerle un pendiente a un payaso que conoció esa mañana...., y de repente un coche me adelantó y se detuvo. Era Kate. No habían pasado ni dos horas desde que nos despedimos. En su mano sostenía un pendiente que era la réplica perfecta del logotipo del biciclown que mi amigo Viti creo hace muchos años una tarde en Madrid. Hasta tenía la nariz roja sobresaliendo. Impresionante trabajo.
Feliz por esos regalos que el camino me ha ido haciendo todos estos años llegué a Murchison al día siguiente. Y no lo hice solo sino con Nuno y Joanna. Y esa tarde se nos uniría otro ciclista más, Pablo. El argentino cuyo encuentro y cuya historia cierra las páginas de Donde termina el asfalto. Por cierto la distribuidora nacional Mapiberia me informa que el libro se agota en cuanto toca las estanterías de las librerías. Me alegro por los lectores.

Los cuatro nos refugiamos en el porche de una vieja casa en Murchinson cuya dueña nos permitió acampar en su jardín. No es posible resumir aquí la cantidad de risas que cuatro ciclistas pueden producir cuando se juntan al lado de un fuego. Somos como niños jugando en la arena: aprendices de todo y expertos en cometer errores. No hay música más hermosa que el coro de risas que esos cuatro vagamundos levantamos ni conversaciones más filosóficas. Aristóteles se hubiera quedado boquiabierto de escuchar nuestras reflexiones.

Sin tiempo casi de cerrar el abrazo tenemos que abrirlo para dejar marchar a nuestros amigos. Pero el camino, esa ruleta rusa en el casino del mundo, nos juntará de nuevo. Con Pablo espero hacerlo en Hawai y con Nuno y Joanna... Quién sabe. Tampoco pensé volvería a ver a Terry y sin embargo ocurrió. Fue en Nelson a donde llegué tras los tres días de caminata por el Abel Tasman más dulces que he tenido en Nueva Zelanda. En el mercado de Nelson, Terry, el viejo ciclista de 65 años que me encontré semanas atrás en la ruta, volvió a aparecer. Es la época de manzanas y desde hace 15 años Terry es uno de los fieles peones que retira manzanas, rojas y rechonchas, de los árboles frutales. Terry me llevó a casa de sus amigos para que pudiera pasar la noche. Una vez más la máxima de que para alojar a alguien basta tener sitio en el corazón y no el salón, surtió efecto.

Ahora voy rumbo a Wellington donde espero reponer algunas partes del equipamiento desgastado, como el pasaporte: estúpida cartilla en la que uno acumula sellos que dicen que has visitado tal o cual país y que sirve básicamente para impedir viajar a quien ostenta uno que ponga en la portada: Niger, Sudán, Cuba..., y que permite viajar al afortunado que tenga dinero para pagar visados y que sea un nacional de los países que creen controlar el mundo pero que, en realidad, lo están destruyendo poco a poco.

Desde Picton paz y bien, el biciclown.
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