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Biciclown: Si es de día esto es Alaska

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Experiencias

Esta es la crónica de un accidentado viaje rumbo a Alaska. Una pequeña historia que comenzó en Hilo (Hawai) a las 5 de la madrugada con mis ojos haciendo competencia al sol para alumbrar el día. Mi amigo Bryan de couchsurfing y su hijo Ashton de cinco añitos me ayudaron a llevar la pesada caja de cartón en la que Karma viajaría hasta Alaska. Como si fuera ET, con sus enormes ojos azules abiertos a la mañana, Ashton ni se movía en el manillar de la bici. Su padre Bryan, con un equilibrio digno de galardón en el festival de circo en Montecarlo, sostenía la caja en una mano mientras conducía la bici con la otra. Durante unos kilómetros le di el relevo, llevando yo la caja, y llegamos al aeropuerto. Me despedí de esta especial pareja que me ayudaron enormemente durante mis sucesivas idas y venidas a Hilo. Ashton tenía los ojos húmedos al irse.

Are you crying?", Bryan le preguntó.

"No, but my eyes are sweating", (mis ojos sudan), contestó girando la cabeza Ashton.

Los simpáticos empleados hawaiano de Go Mokulele se hicieron cargo de la bici y las alforjas que, en apenas media hora, yo había conseguido hecho desaparecer entre cajas y cartones. La compañía aérea de nuevo me liberó de pagar el exceso de equipaje. Mahalo!!!

Al llegar a Honolulu comenzaría la aventura. Un amigo de Alaska Airlines me facilitó un pasaje de invitado. A un precio mucho más barato de lo habitual me permitía llegar hasta Alaska pero en situación de lista de espera: solo si hubiera plaza libre en el avión.

"¿Quién va a querer ir a Alaska desde Honolulu?", pensé.

Mi avión saldría a las nueve de la noche y disponía de 12 largas horas con las que reencontrarme con mi pasado, disfrutar el presente o adivinar el futuro de mis días en Alaska. Los carritos en el aeropuerto de Honolulu cuestan 4 dólares, y necesitaría dos para llevar todos mis bultos. Mi sutación con todos los bultos a mi alrededor era de discapacitado. Imposible moverme. Acudí al mostrador de Alaska Airlines y la señorita Sara me informó de que ya no había plazas en mi vuelo de la noche.

"What options do I have?", le rogué.

Llamó a Brenda, la supervisora, que amablemente me buscó plaza en un vuelo de la compañía que saliera de Honolulu destino a...: Seattle.

"And in Seattle?", pregunté.

En Seattle tendría que buscar un vuelo a Anchorage (Alaska). Brenda me dio la opción de que todo mi equipaje y la bici fuera enviado sin embargo con el vuelo de la noche a Anchorage. Separarme de Karma era doloroso pero ir de aeropouerto en aeropuerto (check in-check out) podía ser peor que una película de cine mudo sin subtitulos ni pianista.

El vuelo a Seattle duró dos galletas, dos zumos y una visita al baño. O lo que es lo mismo 5 horas. Tiempo más que suficiente para meditar y buscar en mi lista de contactos alguien que viviera en Seattle. Y lo encontré. Hacía 7 años que no veía a Luiggi que acababa de dejar de su querida Iruña para trabajar en la ciudad norteamericana. De milagro nos encontramos en el enorme aeropuerto y decidimos pasar las pocas horas juntos actualizando nuestra base de datos de memorias. En aquéllos días de julio en que San Fermín se instalaba, aún sin quererlo, en la vida de cualquiera que pisara la calle Descalzos o tratara de pasear por la calle Mayor un 7 de julio.

Cuanto más pronto tomara el vuelo a Anchorage más opciones tenía de una plaza libre. Los controles de seguridad en este país hacen parecer las salas en largos clubs de striptrease. Todo el personal quitándose zapatos, cinturones, marcapasos...; y gordos y sonrientes policías tocándote por todas partes sin que nadie tenga que pagar por ello. A las cinco de la madrugada (24h después de salir de Hilo) estaba de nuevo sintiendo la mano del policía recorrer mi cintura en un intimo tango que Piazzolla hubiera embellecido con su Adiós Nonino.

La hermosa azafata de Alaska Airlines, Anna, me regaló un par de galletas caseras y una pregunta.

"Will you get married one day?" (¿te casarás un día?)

No trataba de seducirme, sino de saber si su chico, que anda recorriendo sudamérica en moto desde hace años, llegará un día a bajarse de la moto y a casarse con ella.

"It will be hard" (será difícil) le contesté

Su media sonrisa parecía adivinar mi respuesta. De hecho, según me dijo, prefiere que él siga cumpliendo su sueño pues es lo que le hace libre y hermoso.

Las montañas nevadas en las cercanías del aeropuerto de Anchorage habían borrado toda imágen de cocotereos, surfistas, ukeleles y camisas hawaianas de mi mente. Mi piel reclamaba más ropa pero toda la que tenía estaba en las alforjas. Acudí a la reclamación de maletas y Allison me condujo al almacén.

Con jet lag y algunas heridas en la caja, Karma dormía en una esquina. Recopilé todo el material y la bella Allison me consiguió un carrito (sin pagar 4 dólares) y hasta llamó a mi contacto en Anchorage de warmshower para que me viniera a buscar. Qué gente más amable la de Alaska Airlines que tampoco me cobraron el exceso de equipaje.

Lewis era hace años un couchsurfer. Un escalador con la mirada puesta en la roca más alta. Y Linda una luchadora mujer, trabajadora y amante de las bicis y las carreras, que le dió lugar para pasar una noche, dos..; y hace más de un año que Lewis vive en su casa.

Lewis apareció con su funcional furgoneta roja en el aeropueto en diez minutos. Los asientos le hicieron una reverencia a la caja de Karma y pusimos rumbo a casa de Linda.

Llovía, el cielo estaba gris y mi corazón sonreía a más no poder. Estaba en Alaska después de más de 27 horas, con Karma a mis espaldas y con la ilusión de quién, a pesar de más de 7 años de viaje, quiere seguir comiéndose cada montaña, bañarse en cada río y asomarse de puntillas a cada nuevo día.

Desde Anchorage, Paz y Bien, el biciclown.
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